Sobre mi

“Cuando tenía siete u ocho años ya sabía que quería ser músico. Dicen los expertos que los seres humanos poseemos siete tipos de inteligencia, una de las cuales es la musical. Creo que ésta yo ya la llevaba de serie, pero que mi padre la estimuló sobremanera durante los años que estuvimos juntos, los de infancia, que los mismos expertos dicen que es la etapa en que el cerebro humano se termina de formar. A mi hermano y a mi nuestro padre nos explicaba cuentos con acompañamiento musical (recuerdo la Suite del Gran Cañón, de Ferde Grofé, por ejemplo); nos animaba a tocar instrumentos de mentira sobre discos de jazz, como si improvisáramos, haciéndonos respetar las estructuras de los solos; e incluso nos hacía reconocer y distinguir los instrumentos por su sonido. Todo a modo de juego. Cuando aprendí a leer me apuntó a clases de solfeo en la escuela de artes del pueblo donde habíamos ido a vivir, Sant Pere de Ribes. Entonces mi fascinación aún fue más grande, porque me fijaba con más atención en las orquestas de baile que venían por las fiestas del pueblo. Los músicos, siempre simpáticos, conversaban con mi padre, que muchas veces presentaba los conciertos. A veces venían a a comer a nuestra casa y entonces yo quedaba maravillado incluso por sus coches: el cantante, un Opel Manta; el saxo barítono, un Peugeot 505 diésel; el director, un Seat 124 Sport. Pero lo que me gustaba más era ver y escuchar a los músicos cuando estaban en el escenario, con esas americanas de lentejuelas que brillaban con las luces de colores cambiantes, la máquina de humo, el balanceo a derecha e izquierda al ritmo de la música. Yo me lo miraba boquiabierto desde abajo y a veces, cuando los músicos de percataban de mi embeleso me guiñaban el ojo. Un día, uno de aquellos músicos le dijo a mi padre: Molero, este chico tuyo va a ser músico!”

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Este texto es un fragmento de mi libro “Jo no sé res, sóc músic” [se podría traducir como “Yo soy músico y me acuesto a las ocho“, aunque literalmente es “Yo no sé nada, soy músico”]. I efectivamente, no sé gran cosa, pero sé que soy músico. Y ser músico, más que un oficio, es una actitud ante la vida. Por eso uno puede ser músico y no dedicarse necesariamente a la música. Y al contrario, ganarse la vida con la música, pero no ser músico. Bueno, disquisiciones al margen, está visto que mi relación con la música viene de lejos, y durante el tiempo ha ido adoptando formas e intensidades distintas.

Empecé como trompetista en “coblas” de sardanas, bandas, orquestinas y grupos de tercera regional. Todos, ahora me doy cuenta, con nombres relativamente graciosos [juegos de palabras en catalán]: la Banda Avant, la cobla Neàpolis, la Banda Puig, la orquestina Sonotone, los grupos Banditz y Bugies, la cobla Catània, etc. Pero en terminar el bachillerato no estudié la carrera de música en el Conservatorio. Ya intuía entonces que mi encaje no pasaba por estudiar en instituciones anticuadas. Siempre he ido por libre. Compaginaba la licenciatura en Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona con clases de música en el Taller Músics (con Oriol Bordas) o en la escuela Avinyó (con Jordi Torrens). Y al cabo de poco tiempo ya estaba trabajando como trompetista profesional en la Orquestina Galana, el Casellas Sextet Folk o en la Barcelona Jazz Orquestra.

Al licenciarme por la Universidad empecé a trabajar como guionista en Televisió de Catalunya, en los programas musicales Sardana y Nydia, pero también en los infantiles Club Súper 3 y para el departamento de documentales de creación. Fueron seis años en que mi actividad como guionista, escritor, corrector o periodista ganaron terreno a la de músico. Fue en esta misma época cuando publiqué mi primer libro: Les quintes del biberó (Rúbrica Editorial, 1999), un reportaje largo sobre los soldados más jóvenes reclutados por la Segunda República en la Guerra Civil Española. Aún así, durante esos años continué estudiando música (armonía y arreglos con Lluís Vergés) y haciendo pruebas musicales en algunos grupos propios, como la Cia. Catalana de Latin Jazz y la Transpenedès Jazz Orquestra.

El cambio radical en mi vida fue cuando fui admitido como alumno de Composición y Arreglos de Jazz en el prestigioso conservatorio de Rotterdam, como discípulo de Paul van Brugge. Allí tuve la oportunidad de formarme en un centro moderno y líder en la fusión entre la música clásica y la moderna, con profesores como Klaas de Vries (instrumentación), Wim Both (trompeta), Ilja Rijngoud (lenguaje de jazz) o Jan Laurens Hartong (piano y armonía). Además, la oferta cultural holandesa me permitió presenciar de cerca ensayos y conciertos de algunas de las orquestas europeas más importantes, como la Rotterdam Philharmonic Orchestra (dirigida entonces por Valery Gergiev) o la Metropole Orkest (con John Clayton, Bob Brookmeyer, Vince Mendoza…). Allí completé mis estudios y viví un año como arreglista y compositor  free lance.

 

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Pero un día decidí regresar a casa. Mi profesor Paul van Brugge me alertó: “Cuidado, que te vas a un desierto cultural”. Efectivamente, si Holanda es un oasis por lo que a ayudas y subvenciones a la creación se refiere, España es un desierto. Pero como decía un profesor de Geografía que tuve en la Universitat Pompeu Fabra, Lluís Riudor: “Por increíble que parezca, en el desierto vive gente”. I aquí estoy. Desde que he regresado de Holanda he hecho muchos proyectos musicales, la mayoría ideados por mi, pero también encargos, en los que he actuado como arreglista, compositor y director. La faceta de director, que desarrollé a partir de la necesidad de dirigir mis propias obras, la estudié en Cataluña con Dolors Ricart y en Inglaterra con Denise Ham. Dirigir, una vez más, es más una cuestión de actitud, carisma o psicología, que de técnica estrictamente. Por eso en los últimos años me he interesado más y más por temas de inteligencia emocional hasta formarme como Coach en el Instituto Europeo de Coaching. Esta disciplina, tan útil para conseguir objetivos, tiene muchos puntos de conexión con la música. Por eso me ha interesado combinarlas. Y es que la música, actividad que vertebra mi vida, tiene una serie de cualidades extra-musicales muy valiosas, como la constancia, el amor incondicional, la superación de las frustraciones, el equilibrio… la armonía.

 

Y finalmente el trombón. Cuando de pequeño el maestro de solfeo nos proponía de escoger un instrumento, yo ya lo tenía muy claro: el trombón de varas. Pero resultó que mi brazo de niño, demasiado corto, no llegaba a las posiciones estiradas de la vara. Por eso el profesor de instrumentos de metal, Antoni Nicolás, me dejó una trompeta. La trompeta ha sido durante más de veinte años mi instrumento principal (aunque también he estudiado piano y percusión latina), pero un buen día me cayó en las manos un trombón de pistones en si bemol, tan parecido a la trompeta, pero con el sonido de trombón que yo había querido tocar desde pequeño. Y desde entonces se ha convertido en mi instrumento. Ya lo he dicho al principio… mi relación con las música ha ido tomando, durante los años, formas e intensidades distintas. Como dice un buen amigo mío, propietario y conductor de Mercedes-Benz: “Tu toca el instrumento que quieras, Estevet, que siempre serás trompetista”. Y es que la música está por encima de nosotros mismos. 

 

Entrevista a Esteve Molero “La Sonora” de TV3, con subtítulos en español.